Los sonidos del agua
Cuánto de prodigioso es hacer que el agua suene en un mar imaginado. Mucho más cuando esa materia inacabable, en el sueño y en la creación, es capaz ahora de reinterpretar su mito y mostrarlo inédito y fascinante, como si volviera a nacer ocupando un océano rendido a la invención; espacio infinito llegado de una alianza con el tiempo y sus provocadores relatos; cuerpo y espíritu renovados que se entregan a maravillosas formas, a susurros limados por dedos de pasión, donde nuestro grito bucea con la intacta ligereza del asombro.
Tanto azul se escucha en estas pinturas, que solo campanas centenarias, anegadas de lluvia, podrían sumergirse para encontrar lo que la mudez del vacío anhela para siempre.
Nuestra mirada flota y se ahueca en cada línea, en cada continuada ondulación, se enrosca, baja y asciende en las dimensiones de un acontecer mojado, sucesos encadenados y libres que nos conducen a otros sucesos y a otras vibraciones. Una plenitud de latente irisación convierte a la pintura en ramo, en pez, en reveladora y suave maraña que podemos oír sin estridencia. El subterráneo bosque marino filtra el agua y enjuaga lo que vemos, y crea su fábula igual que si la invención, cumpliendo la misión de su latido, derramara seres que no estaban y ya empiezan a existir. Acaso un rostro o una caracola, la delicada percusión que gravita contraria al laberinto, rayan la insólita densidad de este universo, pero la sugerencia es intrínseca a la música que exhala.
Parece mineral, vegetal, geométricamente rasgada esta fragmentada unidad que nos convoca y salpica. Tanto azul no puede ser sino una decisión luminosa, un murmullo sostenido en el agua que hemos herido, la turquesa emoción que resiste y nada hacia las islas soñadas cuando es demasiado oscuro el grito del mundo.
Agua que suena en el amor pintado,
lleva el secreto de forma enamorada
y pósate en la flauta de los huecos,
porque el mar es misterio tan abierto
que nada ha de perderse cuando calla,
sueñan los ojos que esperan ser mirada
que hasta el fondo es azul lo que no estaba,
por pincel de corrientes te he buscado,
canta este océano la vida que nos falta.
Josela Maturana
Sentimiento Oceánico
Océano es un homenaje en que la artista gaditana Candi Garbarino recoge elementos que inspiraron trabajos anteriores para llegar esta vez al fondo de ese mar que se tragó los viejos templos de Gades y del que a veces se rescatan piezas como el capitel protoeólico del Museo de la plaza Mina. El océano mitológico de la Atlántida.
Océano es una inmersión en el azul, que Garbarino trabaja a partir del collage con diferentes tipos de papel, imprimiendo un movimiento gestual muy suyo a los materiales que son atravesados por ritmos ondulados, condensación de sombras y destellos de luz. Transparencia, dinamismo y suavidad son tres efectos destacados de las envolventes coreografías cromáticas de Garbarino.
Océano se construye a partir de la memoria, la intuición y la búsqueda dentro de un lirismo expresionista. En la afirmación de la belleza late siempre la reivindicación de la pureza del mar y sus criaturas, amenazadas por la agresión constante del ser humano.
Romain Rolland acuñó la expresión «sentimiento oceánico» para referirse a una fusión natural con el universo que produce ilusión de eternidad. Y eso es lo que produce Candi Garbarino aquí. Su océano nos invita a sumergirnos en el origen para ser otra vez en lo profundo criaturas del mar: humarimales. Y sentirnos flotar en ese maravilloso frescor azul turquesa.
Nosotras, las columnas protoeólicas
del templo de Astarté, nos preguntamos
quién nos hundió en la mar, a qué esperamos
si las diosas se fueron, borrachas, melancólicas,
tras los últimos fieles. Bellezas arqueológicas,
nosotras custodiamos,
mecido bajo el techo de olas que aguantamos,
un hueso de cadera de gaviota
que aún baila en la marea su música mojada.
Ave, cintura azul, niña de Gades,
ya sabes tú que el mar es el morir,
que ayer fue solo un sueño, que mañana
es solo una ilusión, y también sabes
que la vida es ahora y el tiempo es un delfín.
