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Claustro de la Diputación de Cádiz

 

Fragor de Trafalgar

 

De los treinta y tres navíos que formaban la flota hispanofrancesa  derrotada por la británica en aguas de Trafalgar, solo regresaron a puerto nueve. Es decir, que veinticuatro barcos de la escuadra aliada se fueron a pique en algún lugar de esas inmediaciones gaditanas.  Semejante cómputo, aparte de calibrar una tragedia innumerable, supone también una conmovedora evidencia, pues los pecios que el océano oculta continúan simbolizando una derrota que d cuando en cuando, es evocada a través de la recuperación de un despojo... Un hijo mío, sin ir más lejos, buceando un día frente a los caños de Meca, encontró un resto de maderamen atravesado por un gran perno de bronce, que debió pertenecer con toda probabilidad a un navío hundido. Ese perno, retorcido pero intacto es obviamente un alegoría.

 

He vuelto a andar hace poco por las cercanías del cabo de Trafalgar: Conil, Vejer, Caños de Meca, Barbate. Un litoral hermoso que es preferible recorrer una vez ultimados los trasiegos estivales. Ya se sabe que el incremento del mal gusto suele coincidir con la abundancia de excursionistas. Pero hay tramos incólumes, de una belleza primaria y resplandeciente, no ya porque consistan en arenales y pinares fastuosos, sino porque ese es el  enclave marítimo donde la escuadra francoespañola sucumbió ante la inglesa hace justamente dos siglos. Las gentes de estos litorales  oirían el estruendo de la batalla: los truenos de los cañones, el estropicio de la tablazón, los mástiles y vergas abatidos, los voceríos de la marinería…. Un ruido espantoso que todavía, en noches de raras coincidencias emocionales, llega desde lo negro de la mar hasta las costas y tropieza con las almadrabas y se filtra por el entresueño de los gaditanos. Estoy en condiciones de avalar esa conjetura. Una noche de mar  airada, navegando por estas aguas, oí el fragor del combate con una veracidad inconfundible. Nunca dudé de eso.

 

La batalla de Trafalgar se cobró un terrible número de víctimas anónimas: tripulaciones enteras ahogadas en el hervor de la mar, diezmadas por armas de fuego, aplastadas por los desmantelamientos. Pero también le costó la vida, como bien se sabe, a los jefes de ambas escuadras: al inepto Villeneuve, que se suicidó, al competente Nelson, y a Churruca, a Alcalá Galiano, Gravina… un desenlace  mortal motivado por la imprevisión y las alianzas desafortunadas.  Sin duda que ese fue el punto de partida de otros descalabros de más intrincada trascendencia, empezando por las zozobras sociales y terminando por el ambiguo motín de Aranjuez contra Godoy, sagaz consejero del apocado Carlos IV. De ahí a la llegada del absolutismo no quedaba más distancia que la marcada por un tiro de arcabuz.

 

Siempre me ha resultado sumamente atractivo imaginar la escenografía del infortunio naval de Trafalgar. No ya en términos históricos, que eso no me tienta para nada, sino a escala puramente ilusoria. Ya dije que había oído la barahúnda de la batalla, pero nunca vi imágenes, no me fue concedido ese privilegio. Conozco, sin embargo a un vigía de almadraba que se ha especializado en descubrir en el horizonte escenas diversas de navíos en medio de la refriega. No se trata de ninguna clase de espejismo anacrónico, sino de una autentica variante retrospectiva de la realidad, esto es, de hechos pasados que se fijan y perpetúan en algún secreto pasaje marítimo y solo algunos hipersensibles son capaces de captar. Cuentan además que esas visiones fugaces, aparentemente inconexas, forman juntas una continuidad bastante coherente del desarrollo de la batalla. Es posible.

 

Parece ser que cuando el almadrabero a que me refiero descubre esas escenas del combate naval, las capturas de atunes disminuyen ostensiblemente. Deben atemorizarse por algo y se desvían de sus rutas habituales. A lo mejor esa alarma de los grandes peces también tiene algo que ver con su encuentro fortuito, con alguno de los navíos que zozobraron.  O con fantasmas de los muchos combatientes que reposan de mala manera en sus tumbas subacuáticas.  En cualquier caso, la derrota de Trafalgar  es un episodio infausto de la historia de la Marina de Guerra, pero también una referencia literaria que, de cuando en cuando, viene a reactivar ciertas fantasías atávicas de la memoria.