© Candi Garbarino 2014    © Textos de los autores

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Las abejas de Candi Garbarino

 

Es bueno aprender a pintar y saberlo todo sobre reglas y normas de la pintura. Aún mejor es saber pintar. Una vez conseguido esto, es como en el jazz, te puedes saltar las reglas.

   Es lo que hace Candi Garbarino en este su nuevo y maravilloso trabajo.

  Y no es casualidad, en absoluto, que haya elegido como motivo a la abeja. ¡Claro! ¡La abeja! Cómo no. La abeja desde hace miles de años es el símbolo de la constancia, la laboriosidad callada, la prosperidad y también del coraje de vivir. Y para mí, Candi, desde que la conozco -también miles de años- es un modelo de laboriosidad sin alardes ni presunciones, de constancia reservada y de coraje en su afán de artista.

¡Pero si son iguales! me dije, incluso ambas van a lo suyo… Qué fácil identificar objeto, obra y artista. Y acepté de inmediato el reto de ver con palabras esta nueva obra de Candi.

   El propósito es que el ser humano, siendo capaz de construir maravillas como las pirámides de Gizah, Babilonia, las arrogantes catedrales o un sofisticado ordenador, quede fascinado ante la aparente sencillez de las celdillas de un panal. La abeja es un ser altamente sofisticado, producto de millones de años de evolución. Pero al mismo tiempo esta obra tiene también un inquebrantable carácter didáctico: la abeja está en peligro, y con ellas nuestro futuro.

  No es una exageración catastrofista, ni es nada nuevo, pues hace décadas Albert Einstein ya nos puso sobre aviso: “Si la abeja desapareciera de la superficie del globo, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida: sin abejas no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres.”

   Las abejas son vitales para la polinización de las plantas. Sin polinización no hay cultivos, y sin cultivos no hay comida ni para los animales ni para los humanos. Las abejas están desapareciendo de la faz de la Tierra. Así, hoy día en China, muchedumbres provistas de escobas con trapos recorren los campos y las plantaciones de frutales frotando con ellas las flores, remedando lo que deberían hacer los enjambres de abejas y otros insectos, cada vez más menguados.

   Pero ¿está de veras en peligro la abeja? Sí, claro que sí.

   La abeja, esa que nos ofrece miel y que poliniza las plantas, la abeja, ese insecto doméstico que muestra signos de sensatez y civilidad en su comportamiento desde la noche de los tiempos, que ha conseguido el hexágono como medio de maximizar la superficie útil, esa que se sacrifica voluntariamente ante el ataque de un agresor para proteger al resto de sus hermanas, esa que construye colonias como superorganismos, esas que han conseguido comunicarse entre ellas mediante un “baile” para indicar en qué dirección, a qué distancia está y de qué tipo de alimento se trata. Esas que, en fin, han evolucionado a la par que las plantas con flores y que mutuamente se ayudan desde la noche de los tiempos.

  ¿Y quién puede tratar de cometer un crimen tan estúpido? Quién si no: el hombre. Es una estupidez tan grande que sólo podíamos cometerla nosotros. Los que precisamente nos beneficiamos de ellas, las estamos matando. Somos así.

  Te dirán por ahí que no, que sólo se trata de una exageración y que no es para tanto. Son los que niegan el cambio climático, uno de los factores que están arrinconando a las abejas. Las temperaturas y las precipitaciones erráticas modificando sus pautas ancestrales. Deterioramos y destruimos su hábitat, contaminamos su aire, usamos locamente plaguicidas, pesticidas y herbicidas que las masacran. Introducimos alegremente especies depredadoras, como la avispa asiática, que están acabando con ellas en el norte de España y en otros muchos lugares… Somos nosotros, nosotros, sus peores enemigos.

   Los enemigos de nuestras amigas las abejas. La mélissa de los griegos, la apes de los romanos, nuestra aliada desde hace milenios, ya representada en las paredes ennegrecidas de las cuevas rupestres, y cantada por la Literatura universal de todos los tiempos, hoy está en peligro.

   Ahora Candi Garbarino, como hace Joana Vasconcelos o el artista mural Louis Michel Masai, nos la pone delante de nuestros ojos para que observemos su misterio y su heroicidad secreta.

Pepe Pettenghi

Melissa, Melissai

 

La obra de Candi Garbarino se vertebra en torno a la fascinación por el mundo natural. Una fascinación “científica”, abierta a la zoología, la botánica, la búsqueda de la armonía entre persona, ciudad y tierra. Y una fascinación estética: el asombro de ser espectadora de la belleza, creadora de la belleza, mediadora de la belleza, parte viva y activa del espectáculo total del mundo. El origen de esta actitud tiene mucho que ver con la configuración y la situación de su Cádiz natal. El resultado, en términos académicos, es un expresionismo naturalista o un expresionismo lírico.

 

«Apis mellifera» es, ahora, un homenaje al mundo natural a través de la abeja de la miel. “Ahora” no es un momento cualquiera: es un momento de aguda conciencia de crisis climática, cuando todo nuestro hábitat peligra y nosotros con él porque peligran las abejas, polinizadoras de las plantas que nos alimentan y que filtran el aire que respiramos. Gaia, la tierra, no es una máquina: es un sistema vivo donde todo está relacionado.

 

Pero más efectivo es el amor que el miedo. «Apis mellifera» aspira a compartir con el espectador la embriaguez sensorial y la admiración ante la misteriosa estructura social de las abejas. La colmena está considerada como un modelo de colectividad perfecta, de “eu-socialidad” (“eu” en griego significa “bueno”).

 

Ya desde el Neolítico (la época en que el ser humano se organiza en ciudades) la abeja ha sido símbolo del principio del orden divino: el sol, el don de la vida, el don de la palabra, el matriarcado agrícola. En el antiguo Egipto eran las abejas las “lágrimas de Ra”, y a menudo han funcionado como emblemas de la realeza. Su condición alada y el dulce fruto de su trabajo las convirtieron asimismo en símbolo del alma más allá de la vida. Abejas de oro hay en el Museo de Cádiz que proceden de un ajuar funerario del siglo I d.C. “Abejas” se denominaba a las sacerdotisas de Eleusis: “Melissai”, porque, en los cultos de Deméter, la diosa de la tierra, las abejas, como Perséfone, también desaparecen en invierno para resucitar en la eclosión primaveral.

 

La obra artística de Garbarino siempre ha tenido una clara vocación escenográfica pero en esta ocasión ha ido más allá: las columnas de la sala que se titula “Santuario” construyen templo, y la inauguración de esta exposición con Carmen Pérez y su grupo de danza “Albacalí” supone un acto ritual, un gesto de culto.

 

A este espíritu eusocial (al que también aporta su sensibilidad Josela Maturana) he querido ofrecer un poema que de algún modo tradujese en palabras el riguroso misterio de la colmena y su sobrecogedora emoción. Eso es la sextina: una canción de 6 x 6: seis estrofas de seis versos que van alternando las mismas seis palabras en orden siempre diferente, hasta juntarse en la estrofilla final, donde las seis palabras se reducen más aún en tres versos: abejas, flores, aire, música, ojos, miel. 6 porque la celdilla básica que vertebra la colmena es un hexágono perfecto.

 

A este juego matemático se añade la hipnosis del sonido, la magia del conjuro antiguo. Como el zumbido de la colmena, el mantra: Melissa, Melissai, para materializar en el aire el lenguaje secreto de Candi Garbarino.

Ana Sofia Pérez-Bustamante

Vespa Castigans

 

   Refiere, creo recordar, Heliano en su tratado sobre los animales  que en cierta ocasión Saturnillo, Gorgias y Pandocto conversaban  sobre  las excelencias de la miel. Por una vez todos estaban de acuerdo, declarando además que la de Agrigento era la de mayor calidad, siendo así porque las abejas libaban en las viñas que rodeaban su  necrópolis. De las uvas tomaban la prestancia, el aroma, la suntuosa transparencia. De las florecillas agrestes que junto a las tumbas prosperaban y que hundían sus raíces hasta llegar a los sepultos,  alimentándose de los jugos que la putrefacción genera, tomaban las abejas un gusto un tanto ácido, que no es, decía Saturnillo sin ser contradicho, sino  el sabor propio de la sabiduría de ultratumba, el sabor del perfecto conocimiento que, no a todos, da la muerte. La Nigredo. Y era ese raro matiz agridulce, único y desvelador, el que hacía de la miel de Agrigento la más codiciada del mundo conocido y por tanto la mejor vendida.

   Y de ese bien les vino el mal. El comercio melífero hizo inmensamente prósperos a los agrigentinos. Unos cuantos esclavos se encargaban de los panales, recogiendo, así puede decirse, un oro que apenas trabajo les costaba. Los ciudadanos se entregaron, sobre todo las matronas, a la molicie, el lujo persa, las liviandades y los desenfrenos, los interminables banquetes y ebriedades vergonzosas, descuidando las obligaciones cívicas y las antiguas costumbres de piedad religiosa. Las  palestras estaban vacías y los dioses, en sus templos, aburridos.

   Apolodoro, tirano de Agrigento, varón íntegro y epopéyico veía, naturalmente, con muy malos ojos aquella depravada y continua  orgia.  Varias veces llamó al orden a los moradores, explicándoles con ponderadas razones que la lascivia, el boato, la pereza…en fin todo aquello que la excesiva riqueza conseguida sin esfuerzo, viene a traer, germen es de la decadencia y ruina del estado. Los agrigentinos fingían asentir… pero seguían aferrados a sus muelles hábitos.

   El Tirano viose preciso poner  rudo escarmiento. Le vino a la memoria el que Poseidón infligió al archipiélago de las Gadeiras, aquellas islitas que se encontraban más allá de las Columnas, donde Alcides,  ilustre y cuatrero,  robara los rebaños de Gerión, fundando destacado emporio. Con el tiempo los gadeiritas degeneraron sus costumbres olvidando los preceptos que el  Crónida les impusiera. Cayeron, more judaico, en la vesania más atroz, devorando a sus recién nacidos primogénitos, olvidaron la Tauromaquia Atlantidea, teniendo sólo gusto y afán por las populacheras cancioncillas y las procaces danzas en las que las jóvenes eran adiestradas desde su niñez, además de otras indigestas frivolidades. Toda  comparsa de varones  parecía sojuzgada por Onfalia. Las señoras se hicieron gladiadores. Poseidón no  lo pensó dos veces. Envió una enorme y terrífica ola contra Las Gadeiras que acabó, hasta hoy, con todas las afrentas.

  Apolodoro, no dominando el curso de las mareas, hizo lo siguiente: Con el mayor secreto, una escogida escuadra en una sola noche, confiscó todos los panales, trasladándolos a lugar oculto y seguro. Pensó, no sin razón, que sin  miel no habría comercio, ni dinero ni lujos, ni francachelas ni impiedades. Volverían todos a la pobre necesidad laboriosa. Además, sustituyó los panales por nidos de avispas, verdaderos dragones voladores traídos de los confines del desierto de Lybia. Eran salvajes, incansables, inmortales, nada las ahuyentaba, todo les atraía. Picaban con “ominosa” avidez, produciendo pústulas incurables. Tenían predilección por los ojos y por los órganos reproductivos y evacuadores. Ni hombres ni mujeres podían con tranquilidad y sin peligro solventar sus naturales necesidades. Se adueñaron de la ciudad. Algunos intentaron huir por mar, pero las avispas persiguieron las naves enloqueciendo a los fugitivos y provocando su naufragio. Los que acudían a los templos a suplicar socorro hallaban los altares vacíos. Un zumbido mortífero sobrevolaba la ciudad. Enormes nidos de avispas surgían por todas partes. Poco a poco, los antes sibaritas agrigentinos fueron sucumbiendo.

   Apolodoro con sus más allegados y sus soldados veía todo el infausto acontecer desde la acrópolis, defendidos por un sahumerio odioso a las avispas. Cuando creyó que el castigo estaba cumplido, aniquiló a las salvajes picadoras y sus “ominosos” nidos. Mandó quemar los cadáveres. Limpió la ciudad de toda pestilencia. Atrajo a nuevos colonos. Les prohibió cualquier relación con la miel.

   Dos años más tarde, una espléndida mañana de primavera estaba sentado en la terraza ante su palacio. Casi adormecido, sintió un leve zumbido junto a su cabeza. Una abeja, escapada del secreto lugar donde el Tirano las confinara volvía, atávico viaje, a sus perdidos dominios. Apolodoro, enfurecido intentó matarla previendo lo que aquella ingenua voladora traería tras de sí. Pasado un tiempo los nuevos agrigentinos volverían a ser como los extintos. No la mató. Dejó que la vida girara por donde mejor o peor le apeteciera porque, tal vez clarividente y vencido, supo que es inútil luchar contra la maldad del mundo. 

 

Manuel Caballero

Insula de León. 9.2019

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La gratitud de nuestra mirada

 

La plasticidad obra el milagro de hacer brotar lo que no estaba. De hacer vibrar lo que no somos y podemos ser cuando miramos lo creado. La abeja y su función salvadora en una naturaleza amenazada, es una ofrenda inagotable en las manos fructíferas de la artista.

En su pensamiento conectado con imágenes aún no nacidas en la realidad; en su corazón asombrado por el descubrimiento de una belleza comprometida y consoladora. Lo que fuera colmena, colma ahora algo que nos falta. La necesidad de una esperanza que aquí parece cierta. Los agujeros de esa estructura se expanden y aparecen formando hojas insólitas, pieles de felinos que corren y nadie cazará. Una alfombra honorable despliega su maleza a nuestro paso. 

Así la miel es capaz de transformarse en bosque, en planeta fundido, en mapa misterioso, en mineral abrazado por lianas y ramas cuyos nombres nadie conoce. Aquí están los dones de una asociación que sólo el arte hace posible. Las celdillas de ese monasterio vegetal son una ciudad desconocida y maravillosa donde podemos transitar preservados del abismo. Color y miel para nuestros ojos cansados. Para nuestra avidez. Para un desafío tenaz y renovado que apuesta por la continuidad de la vida. 

Alzadas las columnas, delante de ese mágico e inagotable tapiz, la artista forra con el alma de la abeja, la inmensa gratitud de nuestra mirada. 

 

Josela Maturano

Zumbido de la Tarde

Muchacha mía, 

mariposa afilada 

que el amor no se espera.

Cera de tanto ángel

caído entre los huecos

que el mundo no contiene.

Forma que no existía

y en el color creado

expande un universo

en la sed de los ojos.

Ámbar que ahora disputa 

al animal salvaje

su piel como un paisaje

que redime el vacío.

Geometría del deseo

libando entre la nada 

una hambrienta belleza

que sigue estremeciéndonos.

Muchacha que goteas

el paciente estallido 

en la boca que besa.

Ahora ya eres materia 

de una luz que no muere,

miel que esparce sus dedos

en el desierto oscuro.

Muchacha nuestra, 

zumbido de la tarde

que sella las heridas.

Tu aguijón nos sostenga.

La contienda sea dulce,

y tu panal el tiempo

que preserva la vida.

El pincel te derrama

como un hermoso pájaro

bajo el cielo infinito.

 

Josela Maturano 

Septiembre de 2019

Arbol de abejas

(Una sentina para Candi Garbarino, Melissa de la miel)

Melissa, ¿qué decían las abejas                      

sobre el almendro en flor? Oscuras flores      

vibrantes y suspensas en el aire                    

asombraban el lienzo con su música.            

En medio del azul cerré los ojos                   

para escuchar el árbol de la miel.                 

 

Hila mi soledad con seda y miel,                

laborioso ángel de las abejas.                    

Concéntrate y refráctate en mis ojos,                                    

Melissa: entre mis manos siento flores           

rozándome la piel como esta música 

que bosteza en las bóvedas del aire.              

 

La colmena es un vientre donde el aire

exorciza la muerte vuelto en miel: 

encerados hexágonos de música

te protegen, Melissa: las abejas

que conocen la alquimia de las flores 

te guardan en secreto ante los ojos.         

 

Cuántas veces, conciencia de mis ojos,

he sentido que se encriptaba el aire,

que no había color entre las flores,

que era absurdo, Melissa de la miel,

el destino que obliga a las abejas       

a danzar este ruido como música.    

 

Conmigo aquí, Melissa, soy tu música

y tú eres mi silencio. Abre los ojos

y mira desde mí: reino de abejas  

me dieron y te doy. Centro del aire    

somos y consumamos en la miel   

el perfume del fuego de las flores.              

 

Misteriosas melissas de las flores

que afináis en las rosas vuestra música:

habladme de los niños de la miel,

del hada paridora de mil ojos,

del blanco resplandor que hace del aire

santuario solar de las abejas.                      

 

Sagrado árbol de abejas cuyas flores

esculpen en el aire almendro y música:

Melissa de mis ojos, sea yo miel.

Ana Sofía Pérez Bustamante

Agosto-septiembre de 2019